Convivir con la muerte
Desde la ideología cristiana, el
mes de noviembre empieza siempre situando sobre la mesa la realidad de los
límites de la vida humana.
La
muerte es una realidad universal e ineludible, y, sin embargo, a los vivientes
no nos gusta pensar en ella, ni convivir con ella. Nos cuesta aprender a
relacionarnos con su existencia, y preferimos ignorarla.
Y,
de hecho, la historia, la filosofía y la psicología han desarrollado diferentes
actitudes para relacionarnos con un hecho que es innegable.
El
buen poeta Miguel Hernández acuñó unos versos memorables sobre la presencia del
ser humano en el mundo:
Llegó con
tres heridas:
la del
amor,
la de la
muerte,
la de la
vida.
Curamos la herida del amor amando y la de vida, viviendo,
pero nos vemos incapaces de acabar con la realidad de la muerte...
Para la ideología existencialista la muerte es fuente de
profunda angustia, mientras que el estoicismo y la sabiduría oriental proponen
la muerte como un factor natural de la vida…
Y desde el punto de vista de las grandes tradiciones
religiosas y espirituales, no sólo desde la cristiana, la muerte no se
interpreta como un final absoluto, sino como una transición que da paso a otra
forma de existencia, o a un encuentro con el Dios de la fe.
En el campo del pensamiento son muchas las intuiciones y
afirmaciones que nos pueden ayudar para afrontar una asignatura que a todos nos
gustaría aprobar.
Me quedo, por ejemplo, con tres pensamientos:
–La
muerte no tiene por qué ser el final de todo; quizá sea el comienzo de algo que
todavía no sabemos comprender…
No sabemos qué hay después de la vida,
pero sí sabemos que el amor deja huellas que el tiempo no consigue borrar…
Quizá no podamos elegir cuánto dura
nuestro viaje, pero sí cuánto amor vamos dejando en nuestro camino…
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